Historia de una Foto

Esta entrada de blog va a ser cortita. Pero es muy especial.
Tan sólo va a llevar una foto, aunque más adelante, si podemos, contaremos el resto de la historia.
Pero la foto no es una foto, es LA FOTO.

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La sacó mi hermana sin que Amparito y yo nos diésemos cuenta. No tiene calidad porque era de noche e imagino que también le temblaba la mano. Veréis a una yegua estirando el cuello todo lo que puede para recibir el beso de una primate humana que soy yo. Hasta ahí todo muy normal, pero dejadme deciros que el motivo por el cual nos estiramos tanto es que tenemos en medio nuestro un gran charco de sangre.

Parece que estamos solas en una tranquila noche cualquiera pero detrás estaba uno de los mejores cirujanos de España, José Méndez, junto con nuestro equipo veterinario, Aída y José María, nuestro trabajador David, nuestro gran amigo Sergio, nuestro voluntario Peter y mi hermana. Por encima, colgaban bolsas interminables de suero que trataban de dar vida a Amparito y cerca estaba Fumi, dispuesto a dar su sangre para salvar a una compañera del CYD.

Trabajaban contra reloj para tratar de extirpar una masa tumoral de casi 7 kilos que había reventado apenas unas horas antes. La pérdida de sangre era tal que bajaba como un río hacia los paddocks exteriores y, alumbrados por linternas, los veterinarios apenas hablaban.
Todos ayudábamos como podíamos y de repente la miré.
Esta valiente yegua apenas podía mantenerse ya. Luchaba con todas sus fuerzas entre el miedo y el dolor por no abandonarnos. Y entonces dejé lo que tenía entre las manos y me acerqué. Y de repente, todo dejó de existir.

Le pedí que me leyera el corazón como sólo los caballos saben hacerlo.
Le expliqué que todos hacían lo que podían y que sabía que ella estaba luchando más por nosotros que por ella. Pero que si quería irse yo la ayudaría. El eutanásico estaba preparado para el peor de los casos. Que no tuviera miedo. Que había sido un verdadero honor haberla conocido y que volveríamos a vernos. Que no podía asegurarle que todo fuera a ir bien pero que confiara una vez más en nosotros.

Y en una décima de segundo todo cambió.

Ella acercó su cara a la mía y pude sentir su ternura y confianza. Ella sintió la mía. Sabíamos que podía ser una despedida o el comienzo de una nueva vida sin ese tumor que en su día le provocaron años de padecimiento como animal de experimentación en una clínica veterinaria. Todo se decidiría en cuestión de minutos y ese beso podía ser el más alegre del mundo o el más triste. Pero no nos importaba. El tiempo y la angustia se habían detenido. Su corazón se veía en la expresión de sus ojos y mi alma entera estaba concentrada en ese trocito de su cara que tocaba. El Amor nos sostenía y ya nada importaba. Se apagaron las voces, el miedo se desvaneció. Ya no existía nada ni nadie. Estábamos ella y yo. Tranquilas, preparadas…

No sé cuánto tiempo pasó pero de repente se oyó una voz: “¡Ya está! De prisa, hay que cortar la hemorragia”… “Venga, venga, el láser”… y ella y yo lo supimos…

Ese beso era el más alegre.
El de bienvenida.

concordia cyd